20 reflexiones en torno a la inconsistencia de muchos análisis

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1. Existió una flagrante violación a la veda electoral a favor del Gobierno.
2. En todas las últimas elecciones la carga de datos del escrutinio en la web cerró cerca del 95%.
3. En todas las últimas elecciones el kirchnerismo empezó abajo y terminó remontando sobre el final.
4. Nadie debería haberse angustiado anoche, ni haber sido exitista desde el lanzamiento de campaña ni volver a serlo ahora con un empate.
5. Si uno está meses traficando encuestas que te dan arriba por 5 o 10 puntos, es obvio que después te van a festejar un empate como si fuera la final del mundo.
6. Casi un tercio de los votos sigue despolarizado, como en 2015. Las estrategias deberían arrancar de ahí.
7. La campaña fue inercial, nadie buscó pescar lejos del estanque propio. De acá a octubre, no presten atención a las irrelevantes décimas finales de hoy sino a quién puede mover un poco su discurso y quién no.
8. Cada vez que jugaron (jugamos) al piso alto, el piso terminó siendo el techo: 2009, 13, 15 y hasta ahora 2017 ¿Se puede ampliar objeto de representación? ¿Es un error renovar el discurso e incorporar otras demandas?
9. Es esperable que las intenciones de voto sigan amesetadas de acá a la elección general, como pasa desde 2015. Difícil que se polarice más.
10. La baja participación fue similar a las PASO 2015. Hace 2 años en octubre votaron dos millones y pico más, la elección cambió fuerte. Nada de lo que pasa en estos días es tan definitivo.
11. El resultado también comprueba que, a pesar de Vidal, al peronismo le puede costar menos recuperar la Provincia que la Nación en 2019. Pueden no pasar ninguna de las dos cosas.
12. La única vez que un oficialismo sacó menos del 40% en legislativas a nivel país y después consiguió ganar ejecutivas fue en 2009-11, muerte de Kirchner y boom de consumo mediante.
13. Nunca es un mal momento para recordarle a Lousteau que imagen no es intención de voto.
14. En Córdoba esperaba un mejor papel de Schiaretti, lo admito. Habrá que ver si se hace opositor de acá a octubre.
15. Desde este lado del Arroyo del Medio, lo del socialismo en Santa Fe parece demostrar lo poco que pesa la discusión local en una elección nacional.
16. Quedó demostrado que el problema electoral del peronismo no puede limitarse a emanciparse de Cristina
17. Ya en frío, la semana que viene vamos a poder decir que a nadie le fue bien en esta elección. Claro que mientras tanto gobiernan los mismos.
18. En 10 días pocos recordarán estas últimas 48 horas y se vota de nuevo en 70.
19. Vidal cayó 5 puntos desde su elección en 2015 y Cristina sacó lo mismo que Aníbal Fernández. Recortar según sesgo político.
20. Santiago Maldonado sigue desaparecido.

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De campañas intrascendentes

El consultor y publicitario Raúl Timerman acostumbra citar a Oscar Wilde: “Nada de lo que actualmente sucede tiene la menor importancia”.

Es un sabio consejo para quienes se dejan llevar por la agenda periodística a la hora de analizar la política y más que aplicable a la noche de cierres de campaña que se sucedieron todos con nulos niveles de audiencia.

Las de las PASO en las dos Buenos Aires fueron campañas quietas e inerciales, similares a las de 2015. A tal punto la chatura, que la movida política del año tuvo como protagonista a un candidato que pelea el cuarto puesto.

Tampoco en esta campaña hay algo que valga la pena ser destacado en las creatividades publicitarias de los principales candidatos. La verdad es que en la sobreoferta de los espacios gratuitos cada vez es más difícil hacerse notar. 

Es falso que Cristina haya cambiado su estilo de hacer campaña. Al igual que en 2007 y sobre todo en 2011 le habló al individuo, apeló a historias de vida, evitó sobreexponerse y decidió no organizar actos de liturgia peronista. No es principiante en esto. 

Las técnicas de comunicación se estandarizaron. Mandó la corrección. Salvo respectivos fallidos, ni Unidad Ciudadana ni Cambiemos se movieron de sus líneas estratégicas: polarizar en una sociedad que no está polarizada. 

El resto fue menos claro y asertivo. Por eso nadie pudo hasta ahora interpelar al tercio de la población que no se deja representar por Macri ni por Cristina.  

Así las cosas, el único pronóstico que me animo a hacer es que esta elección no va a influir en absolutamente nada de 2019. Una vez repartidas las bancas, los actores principales de la escena nacional seguirán siendo los mismos y representarán más o menos a las mismas personas que en 2015. 

Tal vez se deberá revisar un poco la incombustibilidad de Vidal, si en efecto pierden la Provincia. Tampoco eso implica un gran cambio. Sea cual fuere el resultado, al peronismo le seguirá siendo más fácil recuperar la gobernación bonaerense que la presidencia de la Nación.

Difícil que haya sorpresas tampoco con los indecisos, salvo que se produzca una alta participación electoral. Los antecedentes no ayudan: las PASO 2015 tuvieron la menor asistencia a las urnas en una elección presidencial desde 1983. 

Habrá que ver ahora, con Macri en el gobierno, a quién beneficiaría una eventual mayor cantidad de votantes en octubre. Dos años atrás, tanto él como Massa crecieron en votos y en porcentaje de las Primarias a la General.

Para tener en cuenta, el turnout bajo fue decisivo para Trump en 2016 (ver: https://juancourel.wordpress.com/2016/11/12/polarizacion-ideologica-con-baja-participacion/amp/).

Por ahora la intrascendencia manda. Queda la duda de si hacia octubre alguno tendrá margen para correrse al menos un poco de su discurso y acercarse a algo más parecido a una mayoría. Eso sí sorprendería.

Lugares comunes en una elección multipolar

 

 

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Es un error creer que la victoria de Cambiemos en 2015 se haya debido a una alta polarización. Por el contrario, Daniel Scioli y Mauricio Macri sumaron poco más del 70% en la primera vuelta. Casi un tercio de la gente quedó en el medio, despolarizada. Hoy el escenario es similar.

Es otro falso lugar común asumir que las PASO descartan automáticamente a los terceros. Hace dos años, el frente UNA, de Sergio Massa, quedó a 10 puntos de Cambiemos y a 18 del Frente para la Victoria. Lejos de diluirse, en las generales siguió creciendo tanto en votos como en porcentaje.

Por eso en su momento Macri hizo oídos sordos a los que lo conminaban a incorporar a Massa a su frente. Mantenerlo afuera pero sin chances fue indispensable para que el oficialismo no superara el 40% y hubiera segunda vuelta.

La condición multipolar de estas elecciones es lo que las hace competitivas, de final abierto y con más de un favorito.

Por cálculo o fortuna, cuando Cristina Kirchner evita unas internas con Florencio Randazzo alimenta esta multipolaridad. No busca dividir a la oposición al Gobierno, sino a su propia oposición, al antikirchnerismo. Es una apuesta a que Massa y Randazzo le terminen sacando más votos a Esteban Bullrich que a ella. Se basa en dos premisas: que muchos votantes de Cambiemos son más antikirchneristas que oficialistas y que su alto piso electoral (el voto duro de Cristina) está de arranque bastante cerca de su techo.

Jugar al piso alto con el techo bajo supone riesgos, como los que padeció el Frente para la Victoria en sus derrotas de 2009 y 2013. Sin embargo, la certeza de Cristina de que lo suyo ya está es lo que le permite desprenderse del sello del PJ y no ir a internas. Algunos ven la sombra de Jaime Durán Barba en este desinterés por lo partidario, pero Cristina siempre usó la liturgia pejotista a conveniencia: en ninguna de sus campañas presidenciales se cantó la marcha.

Además de 2005, cuando la boleta oficial del PJ que encabezaba Chiche Duhalde perdió por 25 puntos contra el propio kirchnerismo, hay muchos antecedentes que avalan la estrategia: del 83 para acá, el PJ perdió tantas elecciones bonaerenses como las que ganó. Las últimas legislativas puras en las que salió primero fueron hace 16 años.

Esto es tan cierto como que Cambiemos puede perder La Matanza y el conurbano y, a pesar de eso, ganar la provincia. Es ocasión de releer a Manuel Mora y Araujo en El voto peronista.

Quienes ven un cambio en la comunicación actual de Cristina también se equivocan. Es el espejo de sus propias campañas anteriores: si en 2011 se basó en historias de vida de ciudadanos que habían progresado durante su gobierno, su acto de Arsenal mostró testimonios del deterioro. ¿Le alcanzará? A Macri no le bastó con la existencia de una tercera opción o un buen manejo de las redes sociales. También centró su discurso y ponderó decisiones del kirchnerismo: sorprendió. ¿Querrá o podrá Cristina moverse al centro? Algunas declaraciones de candidatos suyos no la ayudan.

Massa tendrá que ofrecer algo más que un mensaje antigrieta, insuficiente para construir un clivaje que agrupe mayorías. Es esperable una priorización de asuntos más sensibles para la agenda pública: precios y seguridad.

Lo mismo ensayará Randazzo, quien con su obsesión por las internas quedó muy asociado a temas que sólo le importan al sistema político. Si no quiere presentarse sólo para cumplir -como reza su eslogan-, mejor que se ponga a prometer.

Cambiemos hará lo que hacen todos los oficialismos en minoría: una campaña del miedo; bueno, de contraste: “Si gana Cristina, no llegan las inversiones”.

¿Para qué polarizar? Mientras todos se concentran en la provincia, hay un país que también vota. En 2015 Cambiemos obtuvo 34 puntos a nivel nacional. La única vez que el oficialismo sacó menos de 40 en legislativas y después no ganó la oposición fue en 2011, boom de consumo y muerte de Néstor Kirchner mediante.

A pesar de todo, no se percibe un gobierno desesperado por buscar nuevos acuerdos o cambiar de políticas. En esta indiferencia se identifica la clásica actitud de Macri de obviar los lugares comunes del microclima político y periodístico.

Tal vez piense que en febrero ya nadie va a recordar estas elecciones. Tal vez sepa que, le vaya como le vaya este año, cualquier éxito futuro será por lo menos improbable si no endereza la economía.

Publicado en La Nación

Un padre

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Me costaba decir que Manolo era como un padre, porque el mío siempre estuvo presente y él tenía sus propios hijos. Sin embargo lo fue. Después de todo, se acompañaron con mi madre durante poco menos de treinta años y se trataron con mi hijo como abuelo y nieto por poco más de uno.
En mi relación con él siempre estuvo la política, el whisky sin hielo, la literatura, la buena gastronomía y el buen vino (en dosis pequeñísimas), algo de fútbol (cada vez menos), itinerarios de viajes y chistes malísimos. Todo rodeado por una presencia cálida y sosegada.
Fue Manolo quien me presentó a quien terminó siendo mi jefe por más de una década. Le debo casi toda mi carrera política y profesional, y no soy el único.
Con el paso del tiempo, cuando se empezó a poner viejo, lamenté no haber sabido aprovechar todo lo que podría haberme dado esa cotidianidad. Escucharlo más. Preguntarle mejor.
Un día, hace no mucho, me pidió que lo acompañara a inaugurar un posgrado sobre comunicación política. Después de repasar por tres horas la larguísima lista de autores que más lo habían influido, terminó su charla más o menos así: “Si hay algo de valor que puedo transmitirles es la importancia de leer. La experiencia sirve, pero no reemplaza la lectura”.
Palabras sabias en una disciplina que algunos pretenden ejercer solo con agenda periodística, relaciones públicas o gestión de redes sociales. Nadie tenía tanta experiencia acumulada como él, pero siempre tuvo la humildad de saber que el verdadero conocimiento se obtiene de los demás. No tenía la costumbre de invitarme a sus clases o conferencias. Ignoro por qué en esa oportunidad lo hizo. Decido creer que quiso dejarme una enseñanza.
Desde su muerte se publicó mucho anecdotario sobre Manolo. Más allá de algunas omisiones inevitables –fundó el diario Buenos Aires Económico, por ejemplo- y de ciertas imprecisiones recurrentes –no era abogado, como salió en todas partes-, en la mayoría de las semblanzas aparecen elementos idénticos. Lo describen como maestro de maestros, padre de la consultoría política o fundador de instituciones; destacan su personalidad afectuosa, su inmensidad intelectual, su generosidad profesional y sus hábitos moderados de bon vivant de otra era.
Reconocer en el Mora y Araujo público los mismos atributos que en el Manolo más íntimo, conmueve. También me hace imaginar cuántos, como yo, que lo admiraron, aprendieron de él y recibieron su cariño, deben estar sintiendo en estos días que perdieron a un padre.

Ellos o yo

 

Si nos guiamos por el discurso de Mauricio Macri ante el Congreso de la Nación, podemos concluir que la de este año va ser una campaña electoral de contrastes y cargada de negatividad.

La oposición tratará de que las elecciones legislativas sean un plebiscito de la gestión de gobierno y éste, por su parte, buscará que lo que se esté plebiscitando sea el kirchnerismo. Detrás de ambas estrategias, subyace la alta imagen negativa de uno y del otro extremo: es más fácil cosechar el rechazo al otro que la virtud propia.

En el escenario de la asamblea legislativa Cambiemos no cambió. Al igual que en 2016, Macri ofreció una apertura de sesiones clásica, un discurso inventarial sostenido en la fría enumeración de programas. Se ocupó de argumentar más que de conmover. Aburrió con datos y dejó de lado los mensajes breves, simpáticos y de 20 minutos de duración que acostumbraba dar frente a la Legislatura porteña en sus años como jefe de Gobierno.

Fue explícito en los antagonismos políticos. La única vez que empleó la técnica retórica de la repetición enfática fue para reiterar “después de una década de despilfarro y corrupción”. No les habló a todos, sino especialmente al núcleo duro que rechaza -y con ganas- al kirchnerismo. El destinatario no fue el votante, sino la política.

Del carácter contracultural con el que los estrategas comunicacionales del Pro les gusta autocalificarse, solo quedan pinceladas de estilo: la preponderancia de frases de 140 caracteres para que el equipo las twitee en tiempo real, la mención a los timbreos como fuente de cercanía o la utilización del recurso de la campaña de 2008 de Barack Obama de indivisualizar gente común en el auditorio (“acá está Luis”, dijo para elogiar a un médico de guardia).

Sí, también mencionó el diálogo y el consenso, pero los aplausos sonaron más fuerte cuando ironizó sobre las amenazas a Roberto Baradel. Evitó referirse al ensayo y error, porque va quedando poco margen para la autocrítica, y en varios pasajes se mostró enfadado, tal vez para demostrar empatía con el pesimismo dominante.

Pero Alejandro Rozitchner no debería alarmarse. Si Macri asume el riesgo de expresar irritación y mal humor, no es para abandonar la prédica de la revolución de la alegría, sino para alertar sobre quienes “nunca quisieron el cambio” o para luchar contra “los que nos quieren desanimar”.

La intención fue mostrar una grieta intacta, trazar una línea divisoria y esperar la reacción política y social: o de mi lado o del de Cristina. Aunque parezca paradójico, sobre este mismo clivaje Cristina/Macri busca posicionarse la estrategia del kirchnerismo. Salvo que el principal objetivo no sea ganar, al menos uno de los dos está equivocado.

Publicado en Perfil.

Ecuador: lo que se veía venir

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Todavía no sabemos quién va a ser el próximo presidente de Ecuador ni tampoco si éste habrá sido electo en primera o en segunda vuelta. Sin embargo, a pesar de que Lenín Moreno sigue manteniendo intactas sus chances de ganar ya sea ahora o en abril, me animo a marcar algunas objeciones acerca de lo que fue su estrategia electoral, en un escenario y una campaña muy similares a los que hubo en Argentina en 2015.

Las comparaciones son odiosas y, habitualmente, usadas para forzar conclusiones arbitrarias. Por eso le reservo al lector el trazado de las para mí evidentes equivalencias con nuestras últimas presidenciales (ver “De las derrotas se aprende más”).

Aunque no es recomendable tampoco analizar resultados sin el diario del lunes, decido prescindir de ellos porque sea cual sea el desenlace, los errores ya se cometieron, se podrían haber evitado y tienen un efecto no deseado para la Alianza País de Rafael Correa.

Es cierto que, en nuestros sistemas electorales, una victoria holgada cuenta tanto como una que se logra por medio punto, pero esto no quita que, a la hora de planificar una campaña, apostar a ganar por una centésima sea una muy buena manera de cerrar los ojos y entregarse a la fortuna. En política, sin suerte es imposible vencer. Sin algo de virtud, también.

Empiezo por lo que no estuvo en control del equipo de campaña y que fue más determinante para el comportamiento de los votantes que cualquier aspecto técnico de comunicación electoral. Por más acertada que hubiera sido la estrategia y su ejecución, es probable que en este contexto hubiera sido imposible acercarse al 57% de Correa de 2013. En síntesis:

  1. El precio de los commodities condiciona y toda la región está viviendo hace un par de años un contexto económico y social menos favorable para los oficialismos que el de la década anterior.
  2. Los medios de comunicación más masivos de Ecuador ejercen hace años una oposición abierta, más radicalizada a partir de la Ley de Comunicación sancionada después de la reelección presidencial de 2012.
  3. Lenín no es Correa. Su candidatura despertaba cuestionamientos internos profundos en amplios sectores de la Alianza País, por su perfil más conservador y dialioguista.
  4. Correa no es Lenín. El objetivo principal del presidente en su último año de gobierno fue promover la continuidad de la Revolución Ciudadana más que la candidatura de su eventual sucesor.

Hechas las aclaraciones, queda asentado por escrito que esta elección era más fácil perderla que ganarla. Pero, más que justificar el resultado, el contexto adverso condena la estrategia.

Reservar el optimismo para las arengas motivacionales y prohibir su uso en el análisis son una regla en elecciones. Sin embargo, el oficialismo llevó adelante una campaña inercial, como si hubiera estado ganada de antemano. La no participación en el debate para no arriesgar el resultado es la imagen perfecta de que lo que se buscaba era no mover demasiado el avíspero. El piso electoral era alto, sí, pero no les alcanzaba –si eran moderadamente pesimistas- para ganar en primera vuelta.

Así y todo, había claros indicadores que permitían imaginar que Lenín tenía más chances de vencer ahora que de hacerlo en el ballotage del 2 de abril. El más importante era la fragmentación opositora, que no le daba a ninguno de sus dirigentes el 30% de intención de voto. Esa fragmentación ya no existe.

Había, además, un condimento extra. Las encuestas en Ecuador están reflejando una paradoja habitual después de muchos años de gobierno de un mismo signo político: si bien la evaluación de gestión positiva es mayor a la negativa, el deseo de cambio supera al de continuidad.

Abordar la campaña desde un clivaje o el otro era una decisión de estrategia electoral. Si todos los que valoraban positivamente al gobierno de Correa hubieran votado a su candidato, éste hubiera superado con bastante margen la barrera de los 40. Sin embargo, Lenín Moreno eligió intentar arrebatarle a la oposición la palabra cambio, cuando rara vez un oficialista puede expresar algo muy distinto a continuidad.

Hace meses se veía que había que ser muy asertivos y apostar a una campaña de contraste que explicitara las diferencias entre modelos antagónicos de país. Es verdad que hubo tibios exhortos a no volver al pasado, pero los mensajes se enredaban en propuestas demasiado racionales, en vez de advertir que su rival, el candidato y banquero Guillermo Lasso, podía representar, por ejemplo, una amenaza para la reducción de la pobreza, hito de la década correísta.

Llevar adelante una campaña de propuestas concretas puede ser un buen camino para candidatos opositores, pero el que se postula en nombre de un gobierno no puede darse ese lujo. Para el común de la gente, él ya está gobernando.

Mientras tanto, Correa y el candidato a vice, Jorge Glas, se dedicaron a emitir los mensajes negativos más duros. Como resultado, el protagonismo del candidato oficialista terminó diluyéndose en la disputa entre el presidente y la oposición. Hubiera sido más conveniente, sin duda alguna, que Lenín ocupara el centro de la escena y tomara las riendas de la discusión, incluso corriendo el riesgo de ser acusado de llevar adelante una campaña del miedo.

De nada sirvieron sus esfuerzos por transmitir un tono épico, tal vez propicio durante el boom del consumo de años anteriores, pero que ya no contagiaba esperanza en estas épocas de presupuestos más apretados, opciones políticas más competitivas y medios de mayor audiencia en contra.

Para reemplazar este apagado entusiasmo social, cometieron el pecado más habitual en campaña: se pusieron a difundir encuestas que los daban como seguros ganadores.

Los estudios de opinión pública no son ansiolíticos destinados a la tapa de los diarios para pronosticar mágicamente los resultados, sino información que bien utilizada es vital para elaborar estrategias.

Utilizar encuestas como material prenseable, propagandístico y publicitario suele ser contraproducente. Por lo general, se recomienda moderar las expectativas, sobre todo en la recta final. No lo hicieron y, de confirmarse el ballotage, terminarán oliendo innecesariamente a derrota los más de diez puntos de diferencia que le sacaron al segundo.

No todo está perdido para Lenín Moreno. En efecto, la distancia que obtuvo sobre Lasso es grande y la fortaleza política del oficialismo, más que relevante. Pero es necesario que recupere el protagonismo y que asuma que la política no es indolora y que cada hora de indefinición en el escrutinio es una muestra de debilidad que beneficia a su contrincante.

Publicado en Letra P.

El secreto de Vidal

El secreto de Vidal no es la gestión. El secreto de Vidal no es la política. El secreto de Vidal no es haberle ganado al peronismo, ni su lucha contra las mafias, ni los timbreos, ni el hecho de ser mujer. El secreto de Vidal no es la protección de los medios. El secreto de Vidal es la Provincia.

Siempre desbordada, mutilada financieramente e incapaz de enfrentar por sí sola los conflictos más elementales, la dimensión institucional del estado bonaerense es una factor decisivo para que la imagen positiva de María Eugenia Vidal sea mucho más alta que la de Mauricio Macri (15 puntos más según el Grupo de Opinión Pública).

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Aunque parece contradictorio, no es algo excepcional. Entre 2007 y 2015 casi todas las consultoras decían lo mismo de Daniel Scioli y Cristina Fernández de Kirchner. Salvo en los 13 meses posteriores a la muerte de Néstor (incluidos los del éxtasis del 54%), Scioli superó siempre en imagen a Cristina.

Si seguimos mediciones de Poliarquía, en algunos momentos –como cuando estalló la 125-, llegó a haber 25 puntos de diferencia entre ambos. Está claro cuál de los dos detentó más poder durante la última década.

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La imagen no es nada

Otros gobernadores que superaron a los presidentes en la valoración pública durante casi todas sus gestiones fueron Antonio Cafiero y Carlos Ruckauf. De más está decir que a ninguno le alcanzó para ser presidente. Al contrario, ni siquiera pudieron retirarse de la gobernación por la puerta grande.

Poco tiempo después de ser considerado por todos como sucesor inevitable de De la Rúa, a Ruckauf se le acabó la carrera política. Cafiero, por su lado, perdió la interna con Menem hasta en la provincia propia. En su momento el resultado fue inesperado, y hasta un poco humillante.

Si bien no llegaron a la Rosada, a los cuatro gobernadores mencionados les costó bastante poco consolidar altísimos niveles de aprobación. Digo poco porque con ninguno hubo mejoras ostensibles en las condiciones de vida de los bonaerenses o en la calidad de los servicios públicos.

Cafiero y Ruckauf gobernaron subsumidos en crisis nacionales. Scioli asumió cuando la reducción más sensible del desempleo y la pobreza ya se había producido en Argentina entre 2003 y 2007. A Vidal hasta ahora viene acompañándola un deterioro general de las variables económicas y sociales del país y de su provincia.

A la hora de explicar el por qué de la valoración positiva de los gobernadores, los estudios de opinión señalan atributos de carácter personal, y no logros puntuales de gestion. Mencionaban de Scioli ser honesto, confiable, humilde. Destacan de Vidal ser fuerte, honesta, joven.

Es por la protección de Clarín, se decía de Scioli como hay quien diga lo mismo hoy de Vidal. Algo tendrá que ver, pero eso explicaría en todo caso su imagen positiva y no la diferencia que le saca a Macri, quien cuenta con los mismos respaldos editoriales.

¿Cómo puede un gobernador tener mejor imagen que un presidente?

La paradoja de la grandeza

Presentemos de otra manera un dato que todos conocemos. De tres jefes de gobierno porteños electos por vía democrática, dos ganaron comicios presidenciales. De más de veinte gobernadores, ninguno. Dos tercios versus cero por ciento.

Cierto, muchas otras provincias tampoco mojaron una presidencia, pero ninguna de ellas concentra el 40% de la población del país y el 36% de su producto bruto.

La provincia más grande y rica de la Argentina, la que es madre de todas las batallas, la de los 1200 kilómetros de playa y la mitad de la Pampa Húmeda, es también un mundo de asimetrías, el epicentro de los peores estallidos sociales y una picadora de carne que muele a palos hasta al más avispado de los dirigentes políticos.

Grande como Italia, diría Daniel. Sí, pero con menos presupuesto per cápita que Formosa. Es verdad que la pérdida de coparticipación y el congelamiento del Fondo del Conurbano vienen siendo gigantescas fuentes de desequilibrio, pero también expresan un problema previo, un déficit que antes que económico fue político y cultural. Para poder perjudicar en el reparto a una provincia tan poderosa, tiene que existir una debilidad subyacente.

Buenos Aires carece de identidad y de mito fundacional. Nunca fue fundada. Recibió su nombre de la ciudad que fue su capital y su referencia demográfica, urbanística y productiva hasta su federalización, en 1880.

El resto de los pueblos eran sus satélites. Hoy son entidades políticas con fuerte raigambre local y crecientes niveles de autonomía. Sus vecinos ven a La Plata apenas como un polo administrativo. La minoría que no vive cerca de la Ciudad Autónoma, también la perciben como ciudad universitaria. No más que eso.

Comparten aspectos comunes en sus estilos de vida a pesar de vivir en municipios distintos, pero no reconocen a nivel simbólico algo que sintetice su condición de bonaerenses (el obelisco en la Ciudad, las cataratas en Misiones o el carnaval en varias provincias).

Si son del interior, consumen medios periodísticos locales y tal vez alguno nacional. Si son del Conurbano, comparten en su inmensa mayoría los mismos diarios, canales de televisión y radios que los porteños.

No acceden a información de otros distritos de su provincia a no ser que se produzca alguna estremecedora noticia nacional, la mayoría de las veces un crimen o una emergencia natural.

Hubo esfuerzos infructuosos para enfrentar este déficit de identidad: la bandera creada durante la gobernación de Eduardo Duhalde, proyectos varios de regionalización, descentralización y división de la provincia, creación de instancias institucionales intermedias para el área metropolitana, y otras que seguramente desconozco.

La consecuencia inmediata de esta carencia (si se quiere cultural) es que las sendas que recorren la comunicación de gobierno y la percepción social en la provincia de Buenos Aires raras veces se cruzan.

Invito al lector a planificar una agenda provincial propia en este ecosistema mediático sin la asistencia del estado nacional o en competencia con la promovida desde presidencia.

La ola verde

La dirupción cromática del naranja sciolista en 2010 nació como respuesta comunicacional a la necesidad de llamar la atención sobre el gobierno provincial. Hoy el color elegido para la comunicación de la gobernadora es otro, el verde, pero el sistema visual es casi idéntico. En ambos casos se cierra con la construcción gramatical Buenos Aires Provincia.

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 No está la firma escrita de Vidal como cuando utilizábamos Gobernación Daniel Scioli, pero la gobernadora rubrica con su voz e imagen los spots radiales y televisivos. Los objetivos son los mismos: no ser el jamón del medio entre Nación y Municipio, y legitimar la acción de los gobernadores entre la de intendentes y presidentes.

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Creatividades al margen, hay varios puntos en común en las estrategias de comunicación de los dos últimos gobernadores. En los años inaugurales de ambos mandatos las principales piezas de publicidad oficial difundidas fueron básicamente las mismas.

Tanto en 2008 como en 2016 se promocionaron servicios universales (salud y educación) y de impacto local (obras públicas en municipios). No se destacaron programas creados por los nuevos gobiernos.

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Todas inversiones públicas de nivel provincial, ninguna capaz de alimentar una marca de gestión propia. Vacunación y escuelas hubo durante todas las gobernaciones. Las obras comunicadas, por otro lado, no tienen impacto alguno fuera de las localidades puntuales a cuyos vecinos supuestamente beneficiaron.

Primó el intento de comunicar servicios y rendir cuentas, no de controlar o influir en la agenda pública. Hubo una conciencia plena de lo provinciano de los dispositivos de comunicación así como de su limitado alcance para disputar sentido común.

 Deben ser las mafias, deben ser

Aunque no sea una campaña específica, parece una notable excepción la instalación de la mencionada lucha contra las mafias. No lo es tanto.

Veamos: otra vez según el Grupo de Opinión Pública, una porción relevante de la sociedad cree que este combate es real. Hasta llega a sentir que es posible que la gobernadora sea víctima de un atentado.

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Esos mismos entrevistados también dijeron creer que en esa lucha es apoyada por el gobierno nacional. Corresponde entonces descartar este aspecto de su gestión como una fuente de diferenciación con Macri.

Pero, además, podemos suponer que la estrategia de instalación de este tema en agenda es un mérito compartido entre ambos niveles de gobierno. Después de todo, es pública la coordinación entre los muy especializados profesionales de comunicación de la Presidencia y de la Gobernación.

 El bonete bonaerense

Pero este problema político y de comunicación tiene su contracara positiva. Cuando los conflictos superan las capacidades fiscales e institucionales de la provincia, la sociedad busca respuesta en Casa Rosada. Cuando no son tan graves, en cambio, la culpa es compartida entre gobernador e intendentes.

Este hecho se verifica de manera específica cuando se evalúa el delito desde la opinión pública. Según la consultora Ágora, el 56% de los ciudadanos del AMBA responsabilizan prioritariamente al gobierno nacional de la inseguridad.

Lo llamativo es que también consideran que los gobiernos provincial y municipal guardan entre sí la misma carga en la materia, cerca del 15%. Esto, a pesar de que las competencias a nivel judicial y policial del estado provincial y el local distan de ser semejantes.

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Sí. A los gobernadores muchas veces se los marginó de algunos cortes de cinta de obras nacionales en los municipios. Pero es precisamente ese ninguneo el que termina eximiéndolos de responsabilidad ante demandas sociales acuciantes.

Y es aquí donde radica el atributo distintivo de la imagen de Vidal respecto de la de Macri, y lo que la diferencia también de la experiencia de Scioli con Cristina. Lejos de ser corrida de escena, la gobernadora goza de un respaldo dentro de su coalición política con el que Scioli ni siquiera soñó.

La gobernadora no debió padecer aún las agachadas de rivales internos del gabinete nacional o entre los intendentes de Cambiemos.

Ella no es percibida por la sociedad como la causante de sus males presentes, pero tampoco es sindicada por los integrantes de su propio espacio político de ser una desviacionista que busca salvarse sola.

Por el contrario reconocen su liderazgo, la elogian, la preservan y, por sobre todas las cosas, la financian.

Tal vez el motivo sea que a diferencia de Cristina, Macri es amo y señor del partido que él mismo fundó y esto lo lleva a no identificar amenazas a su liderazgo. O tal vez sea también porque siente que su destino está atado al de quien allanó el camino a su presidencia al ganarle a Aníbal Fernández (ver “La madre endogámica de todas las batallas” en http://panamarevista.com/para-la-victoria-pirrica/).

Sea como fuere, ella entiende muy bien su rol dentro del partido de gobierno. Que la hayan mandado a criticar el proyecto opositor de Ganancias y a respaldar al Presidente en la tapa dominical de Clarín deja las cosas en su lugar. Sobreactuaciones aparte, valieron más sus palabras que las mil imágenes que difundió con Massa.

El precio de la autonomía que goza Vidal para negociar con la oposición es tributar pedazos de su popularidad cada vez que Macri lo requiera.

Publicado en Letra P.