Lugares comunes en una elección multipolar

 

 

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Es un error creer que la victoria de Cambiemos en 2015 se haya debido a una alta polarización. Por el contrario, Daniel Scioli y Mauricio Macri sumaron poco más del 70% en la primera vuelta. Casi un tercio de la gente quedó en el medio, despolarizada. Hoy el escenario es similar.

Es otro falso lugar común asumir que las PASO descartan automáticamente a los terceros. Hace dos años, el frente UNA, de Sergio Massa, quedó a 10 puntos de Cambiemos y a 18 del Frente para la Victoria. Lejos de diluirse, en las generales siguió creciendo tanto en votos como en porcentaje.

Por eso en su momento Macri hizo oídos sordos a los que lo conminaban a incorporar a Massa a su frente. Mantenerlo afuera pero sin chances fue indispensable para que el oficialismo no superara el 40% y hubiera segunda vuelta.

La condición multipolar de estas elecciones es lo que las hace competitivas, de final abierto y con más de un favorito.

Por cálculo o fortuna, cuando Cristina Kirchner evita unas internas con Florencio Randazzo alimenta esta multipolaridad. No busca dividir a la oposición al Gobierno, sino a su propia oposición, al antikirchnerismo. Es una apuesta a que Massa y Randazzo le terminen sacando más votos a Esteban Bullrich que a ella. Se basa en dos premisas: que muchos votantes de Cambiemos son más antikirchneristas que oficialistas y que su alto piso electoral (el voto duro de Cristina) está de arranque bastante cerca de su techo.

Jugar al piso alto con el techo bajo supone riesgos, como los que padeció el Frente para la Victoria en sus derrotas de 2009 y 2013. Sin embargo, la certeza de Cristina de que lo suyo ya está es lo que le permite desprenderse del sello del PJ y no ir a internas. Algunos ven la sombra de Jaime Durán Barba en este desinterés por lo partidario, pero Cristina siempre usó la liturgia pejotista a conveniencia: en ninguna de sus campañas presidenciales se cantó la marcha.

Además de 2005, cuando la boleta oficial del PJ que encabezaba Chiche Duhalde perdió por 25 puntos contra el propio kirchnerismo, hay muchos antecedentes que avalan la estrategia: del 83 para acá, el PJ perdió tantas elecciones bonaerenses como las que ganó. Las últimas legislativas puras en las que salió primero fueron hace 16 años.

Esto es tan cierto como que Cambiemos puede perder La Matanza y el conurbano y, a pesar de eso, ganar la provincia. Es ocasión de releer a Manuel Mora y Araujo en El voto peronista.

Quienes ven un cambio en la comunicación actual de Cristina también se equivocan. Es el espejo de sus propias campañas anteriores: si en 2011 se basó en historias de vida de ciudadanos que habían progresado durante su gobierno, su acto de Arsenal mostró testimonios del deterioro. ¿Le alcanzará? A Macri no le bastó con la existencia de una tercera opción o un buen manejo de las redes sociales. También centró su discurso y ponderó decisiones del kirchnerismo: sorprendió. ¿Querrá o podrá Cristina moverse al centro? Algunas declaraciones de candidatos suyos no la ayudan.

Massa tendrá que ofrecer algo más que un mensaje antigrieta, insuficiente para construir un clivaje que agrupe mayorías. Es esperable una priorización de asuntos más sensibles para la agenda pública: precios y seguridad.

Lo mismo ensayará Randazzo, quien con su obsesión por las internas quedó muy asociado a temas que sólo le importan al sistema político. Si no quiere presentarse sólo para cumplir -como reza su eslogan-, mejor que se ponga a prometer.

Cambiemos hará lo que hacen todos los oficialismos en minoría: una campaña del miedo; bueno, de contraste: “Si gana Cristina, no llegan las inversiones”.

¿Para qué polarizar? Mientras todos se concentran en la provincia, hay un país que también vota. En 2015 Cambiemos obtuvo 34 puntos a nivel nacional. La única vez que el oficialismo sacó menos de 40 en legislativas y después no ganó la oposición fue en 2011, boom de consumo y muerte de Néstor Kirchner mediante.

A pesar de todo, no se percibe un gobierno desesperado por buscar nuevos acuerdos o cambiar de políticas. En esta indiferencia se identifica la clásica actitud de Macri de obviar los lugares comunes del microclima político y periodístico.

Tal vez piense que en febrero ya nadie va a recordar estas elecciones. Tal vez sepa que, le vaya como le vaya este año, cualquier éxito futuro será por lo menos improbable si no endereza la economía.

Publicado en La Nación

Un padre

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Me costaba decir que Manolo era como un padre, porque el mío siempre estuvo presente y él tenía sus propios hijos. Sin embargo lo fue. Después de todo, se acompañaron con mi madre durante poco menos de treinta años y se trataron con mi hijo como abuelo y nieto por poco más de uno.
En mi relación con él siempre estuvo la política, el whisky sin hielo, la literatura, la buena gastronomía y el buen vino (en dosis pequeñísimas), algo de fútbol (cada vez menos), itinerarios de viajes y chistes malísimos. Todo rodeado por una presencia cálida y sosegada.
Fue Manolo quien me presentó a quien terminó siendo mi jefe por más de una década. Le debo casi toda mi carrera política y profesional, y no soy el único.
Con el paso del tiempo, cuando se empezó a poner viejo, lamenté no haber sabido aprovechar todo lo que podría haberme dado esa cotidianidad. Escucharlo más. Preguntarle mejor.
Un día, hace no mucho, me pidió que lo acompañara a inaugurar un posgrado sobre comunicación política. Después de repasar por tres horas la larguísima lista de autores que más lo habían influido, terminó su charla más o menos así: “Si hay algo de valor que puedo transmitirles es la importancia de leer. La experiencia sirve, pero no reemplaza la lectura”.
Palabras sabias en una disciplina que algunos pretenden ejercer solo con agenda periodística, relaciones públicas o gestión de redes sociales. Nadie tenía tanta experiencia acumulada como él, pero siempre tuvo la humildad de saber que el verdadero conocimiento se obtiene de los demás. No tenía la costumbre de invitarme a sus clases o conferencias. Ignoro por qué en esa oportunidad lo hizo. Decido creer que quiso dejarme una enseñanza.
Desde su muerte se publicó mucho anecdotario sobre Manolo. Más allá de algunas omisiones inevitables –fundó el diario Buenos Aires Económico, por ejemplo- y de ciertas imprecisiones recurrentes –no era abogado, como salió en todas partes-, en la mayoría de las semblanzas aparecen elementos idénticos. Lo describen como maestro de maestros, padre de la consultoría política o fundador de instituciones; destacan su personalidad afectuosa, su inmensidad intelectual, su generosidad profesional y sus hábitos moderados de bon vivant de otra era.
Reconocer en el Mora y Araujo público los mismos atributos que en el Manolo más íntimo, conmueve. También me hace imaginar cuántos, como yo, que lo admiraron, aprendieron de él y recibieron su cariño, deben estar sintiendo en estos días que perdieron a un padre.

Ellos o yo

 

Si nos guiamos por el discurso de Mauricio Macri ante el Congreso de la Nación, podemos concluir que la de este año va ser una campaña electoral de contrastes y cargada de negatividad.

La oposición tratará de que las elecciones legislativas sean un plebiscito de la gestión de gobierno y éste, por su parte, buscará que lo que se esté plebiscitando sea el kirchnerismo. Detrás de ambas estrategias, subyace la alta imagen negativa de uno y del otro extremo: es más fácil cosechar el rechazo al otro que la virtud propia.

En el escenario de la asamblea legislativa Cambiemos no cambió. Al igual que en 2016, Macri ofreció una apertura de sesiones clásica, un discurso inventarial sostenido en la fría enumeración de programas. Se ocupó de argumentar más que de conmover. Aburrió con datos y dejó de lado los mensajes breves, simpáticos y de 20 minutos de duración que acostumbraba dar frente a la Legislatura porteña en sus años como jefe de Gobierno.

Fue explícito en los antagonismos políticos. La única vez que empleó la técnica retórica de la repetición enfática fue para reiterar “después de una década de despilfarro y corrupción”. No les habló a todos, sino especialmente al núcleo duro que rechaza -y con ganas- al kirchnerismo. El destinatario no fue el votante, sino la política.

Del carácter contracultural con el que los estrategas comunicacionales del Pro les gusta autocalificarse, solo quedan pinceladas de estilo: la preponderancia de frases de 140 caracteres para que el equipo las twitee en tiempo real, la mención a los timbreos como fuente de cercanía o la utilización del recurso de la campaña de 2008 de Barack Obama de indivisualizar gente común en el auditorio (“acá está Luis”, dijo para elogiar a un médico de guardia).

Sí, también mencionó el diálogo y el consenso, pero los aplausos sonaron más fuerte cuando ironizó sobre las amenazas a Roberto Baradel. Evitó referirse al ensayo y error, porque va quedando poco margen para la autocrítica, y en varios pasajes se mostró enfadado, tal vez para demostrar empatía con el pesimismo dominante.

Pero Alejandro Rozitchner no debería alarmarse. Si Macri asume el riesgo de expresar irritación y mal humor, no es para abandonar la prédica de la revolución de la alegría, sino para alertar sobre quienes “nunca quisieron el cambio” o para luchar contra “los que nos quieren desanimar”.

La intención fue mostrar una grieta intacta, trazar una línea divisoria y esperar la reacción política y social: o de mi lado o del de Cristina. Aunque parezca paradójico, sobre este mismo clivaje Cristina/Macri busca posicionarse la estrategia del kirchnerismo. Salvo que el principal objetivo no sea ganar, al menos uno de los dos está equivocado.

Publicado en Perfil.

Ecuador: lo que se veía venir

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Todavía no sabemos quién va a ser el próximo presidente de Ecuador ni tampoco si éste habrá sido electo en primera o en segunda vuelta. Sin embargo, a pesar de que Lenín Moreno sigue manteniendo intactas sus chances de ganar ya sea ahora o en abril, me animo a marcar algunas objeciones acerca de lo que fue su estrategia electoral, en un escenario y una campaña muy similares a los que hubo en Argentina en 2015.

Las comparaciones son odiosas y, habitualmente, usadas para forzar conclusiones arbitrarias. Por eso le reservo al lector el trazado de las para mí evidentes equivalencias con nuestras últimas presidenciales (ver “De las derrotas se aprende más”).

Aunque no es recomendable tampoco analizar resultados sin el diario del lunes, decido prescindir de ellos porque sea cual sea el desenlace, los errores ya se cometieron, se podrían haber evitado y tienen un efecto no deseado para la Alianza País de Rafael Correa.

Es cierto que, en nuestros sistemas electorales, una victoria holgada cuenta tanto como una que se logra por medio punto, pero esto no quita que, a la hora de planificar una campaña, apostar a ganar por una centésima sea una muy buena manera de cerrar los ojos y entregarse a la fortuna. En política, sin suerte es imposible vencer. Sin algo de virtud, también.

Empiezo por lo que no estuvo en control del equipo de campaña y que fue más determinante para el comportamiento de los votantes que cualquier aspecto técnico de comunicación electoral. Por más acertada que hubiera sido la estrategia y su ejecución, es probable que en este contexto hubiera sido imposible acercarse al 57% de Correa de 2013. En síntesis:

  1. El precio de los commodities condiciona y toda la región está viviendo hace un par de años un contexto económico y social menos favorable para los oficialismos que el de la década anterior.
  2. Los medios de comunicación más masivos de Ecuador ejercen hace años una oposición abierta, más radicalizada a partir de la Ley de Comunicación sancionada después de la reelección presidencial de 2012.
  3. Lenín no es Correa. Su candidatura despertaba cuestionamientos internos profundos en amplios sectores de la Alianza País, por su perfil más conservador y dialioguista.
  4. Correa no es Lenín. El objetivo principal del presidente en su último año de gobierno fue promover la continuidad de la Revolución Ciudadana más que la candidatura de su eventual sucesor.

Hechas las aclaraciones, queda asentado por escrito que esta elección era más fácil perderla que ganarla. Pero, más que justificar el resultado, el contexto adverso condena la estrategia.

Reservar el optimismo para las arengas motivacionales y prohibir su uso en el análisis son una regla en elecciones. Sin embargo, el oficialismo llevó adelante una campaña inercial, como si hubiera estado ganada de antemano. La no participación en el debate para no arriesgar el resultado es la imagen perfecta de que lo que se buscaba era no mover demasiado el avíspero. El piso electoral era alto, sí, pero no les alcanzaba –si eran moderadamente pesimistas- para ganar en primera vuelta.

Así y todo, había claros indicadores que permitían imaginar que Lenín tenía más chances de vencer ahora que de hacerlo en el ballotage del 2 de abril. El más importante era la fragmentación opositora, que no le daba a ninguno de sus dirigentes el 30% de intención de voto. Esa fragmentación ya no existe.

Había, además, un condimento extra. Las encuestas en Ecuador están reflejando una paradoja habitual después de muchos años de gobierno de un mismo signo político: si bien la evaluación de gestión positiva es mayor a la negativa, el deseo de cambio supera al de continuidad.

Abordar la campaña desde un clivaje o el otro era una decisión de estrategia electoral. Si todos los que valoraban positivamente al gobierno de Correa hubieran votado a su candidato, éste hubiera superado con bastante margen la barrera de los 40. Sin embargo, Lenín Moreno eligió intentar arrebatarle a la oposición la palabra cambio, cuando rara vez un oficialista puede expresar algo muy distinto a continuidad.

Hace meses se veía que había que ser muy asertivos y apostar a una campaña de contraste que explicitara las diferencias entre modelos antagónicos de país. Es verdad que hubo tibios exhortos a no volver al pasado, pero los mensajes se enredaban en propuestas demasiado racionales, en vez de advertir que su rival, el candidato y banquero Guillermo Lasso, podía representar, por ejemplo, una amenaza para la reducción de la pobreza, hito de la década correísta.

Llevar adelante una campaña de propuestas concretas puede ser un buen camino para candidatos opositores, pero el que se postula en nombre de un gobierno no puede darse ese lujo. Para el común de la gente, él ya está gobernando.

Mientras tanto, Correa y el candidato a vice, Jorge Glas, se dedicaron a emitir los mensajes negativos más duros. Como resultado, el protagonismo del candidato oficialista terminó diluyéndose en la disputa entre el presidente y la oposición. Hubiera sido más conveniente, sin duda alguna, que Lenín ocupara el centro de la escena y tomara las riendas de la discusión, incluso corriendo el riesgo de ser acusado de llevar adelante una campaña del miedo.

De nada sirvieron sus esfuerzos por transmitir un tono épico, tal vez propicio durante el boom del consumo de años anteriores, pero que ya no contagiaba esperanza en estas épocas de presupuestos más apretados, opciones políticas más competitivas y medios de mayor audiencia en contra.

Para reemplazar este apagado entusiasmo social, cometieron el pecado más habitual en campaña: se pusieron a difundir encuestas que los daban como seguros ganadores.

Los estudios de opinión pública no son ansiolíticos destinados a la tapa de los diarios para pronosticar mágicamente los resultados, sino información que bien utilizada es vital para elaborar estrategias.

Utilizar encuestas como material prenseable, propagandístico y publicitario suele ser contraproducente. Por lo general, se recomienda moderar las expectativas, sobre todo en la recta final. No lo hicieron y, de confirmarse el ballotage, terminarán oliendo innecesariamente a derrota los más de diez puntos de diferencia que le sacaron al segundo.

No todo está perdido para Lenín Moreno. En efecto, la distancia que obtuvo sobre Lasso es grande y la fortaleza política del oficialismo, más que relevante. Pero es necesario que recupere el protagonismo y que asuma que la política no es indolora y que cada hora de indefinición en el escrutinio es una muestra de debilidad que beneficia a su contrincante.

Publicado en Letra P.

El secreto de Vidal

El secreto de Vidal no es la gestión. El secreto de Vidal no es la política. El secreto de Vidal no es haberle ganado al peronismo, ni su lucha contra las mafias, ni los timbreos, ni el hecho de ser mujer. El secreto de Vidal no es la protección de los medios. El secreto de Vidal es la Provincia.

Siempre desbordada, mutilada financieramente e incapaz de enfrentar por sí sola los conflictos más elementales, la dimensión institucional del estado bonaerense es una factor decisivo para que la imagen positiva de María Eugenia Vidal sea mucho más alta que la de Mauricio Macri (15 puntos más según el Grupo de Opinión Pública).

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Aunque parece contradictorio, no es algo excepcional. Entre 2007 y 2015 casi todas las consultoras decían lo mismo de Daniel Scioli y Cristina Fernández de Kirchner. Salvo en los 13 meses posteriores a la muerte de Néstor (incluidos los del éxtasis del 54%), Scioli superó siempre en imagen a Cristina.

Si seguimos mediciones de Poliarquía, en algunos momentos –como cuando estalló la 125-, llegó a haber 25 puntos de diferencia entre ambos. Está claro cuál de los dos detentó más poder durante la última década.

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La imagen no es nada

Otros gobernadores que superaron a los presidentes en la valoración pública durante casi todas sus gestiones fueron Antonio Cafiero y Carlos Ruckauf. De más está decir que a ninguno le alcanzó para ser presidente. Al contrario, ni siquiera pudieron retirarse de la gobernación por la puerta grande.

Poco tiempo después de ser considerado por todos como sucesor inevitable de De la Rúa, a Ruckauf se le acabó la carrera política. Cafiero, por su lado, perdió la interna con Menem hasta en la provincia propia. En su momento el resultado fue inesperado, y hasta un poco humillante.

Si bien no llegaron a la Rosada, a los cuatro gobernadores mencionados les costó bastante poco consolidar altísimos niveles de aprobación. Digo poco porque con ninguno hubo mejoras ostensibles en las condiciones de vida de los bonaerenses o en la calidad de los servicios públicos.

Cafiero y Ruckauf gobernaron subsumidos en crisis nacionales. Scioli asumió cuando la reducción más sensible del desempleo y la pobreza ya se había producido en Argentina entre 2003 y 2007. A Vidal hasta ahora viene acompañándola un deterioro general de las variables económicas y sociales del país y de su provincia.

A la hora de explicar el por qué de la valoración positiva de los gobernadores, los estudios de opinión señalan atributos de carácter personal, y no logros puntuales de gestion. Mencionaban de Scioli ser honesto, confiable, humilde. Destacan de Vidal ser fuerte, honesta, joven.

Es por la protección de Clarín, se decía de Scioli como hay quien diga lo mismo hoy de Vidal. Algo tendrá que ver, pero eso explicaría en todo caso su imagen positiva y no la diferencia que le saca a Macri, quien cuenta con los mismos respaldos editoriales.

¿Cómo puede un gobernador tener mejor imagen que un presidente?

La paradoja de la grandeza

Presentemos de otra manera un dato que todos conocemos. De tres jefes de gobierno porteños electos por vía democrática, dos ganaron comicios presidenciales. De más de veinte gobernadores, ninguno. Dos tercios versus cero por ciento.

Cierto, muchas otras provincias tampoco mojaron una presidencia, pero ninguna de ellas concentra el 40% de la población del país y el 36% de su producto bruto.

La provincia más grande y rica de la Argentina, la que es madre de todas las batallas, la de los 1200 kilómetros de playa y la mitad de la Pampa Húmeda, es también un mundo de asimetrías, el epicentro de los peores estallidos sociales y una picadora de carne que muele a palos hasta al más avispado de los dirigentes políticos.

Grande como Italia, diría Daniel. Sí, pero con menos presupuesto per cápita que Formosa. Es verdad que la pérdida de coparticipación y el congelamiento del Fondo del Conurbano vienen siendo gigantescas fuentes de desequilibrio, pero también expresan un problema previo, un déficit que antes que económico fue político y cultural. Para poder perjudicar en el reparto a una provincia tan poderosa, tiene que existir una debilidad subyacente.

Buenos Aires carece de identidad y de mito fundacional. Nunca fue fundada. Recibió su nombre de la ciudad que fue su capital y su referencia demográfica, urbanística y productiva hasta su federalización, en 1880.

El resto de los pueblos eran sus satélites. Hoy son entidades políticas con fuerte raigambre local y crecientes niveles de autonomía. Sus vecinos ven a La Plata apenas como un polo administrativo. La minoría que no vive cerca de la Ciudad Autónoma, también la perciben como ciudad universitaria. No más que eso.

Comparten aspectos comunes en sus estilos de vida a pesar de vivir en municipios distintos, pero no reconocen a nivel simbólico algo que sintetice su condición de bonaerenses (el obelisco en la Ciudad, las cataratas en Misiones o el carnaval en varias provincias).

Si son del interior, consumen medios periodísticos locales y tal vez alguno nacional. Si son del Conurbano, comparten en su inmensa mayoría los mismos diarios, canales de televisión y radios que los porteños.

No acceden a información de otros distritos de su provincia a no ser que se produzca alguna estremecedora noticia nacional, la mayoría de las veces un crimen o una emergencia natural.

Hubo esfuerzos infructuosos para enfrentar este déficit de identidad: la bandera creada durante la gobernación de Eduardo Duhalde, proyectos varios de regionalización, descentralización y división de la provincia, creación de instancias institucionales intermedias para el área metropolitana, y otras que seguramente desconozco.

La consecuencia inmediata de esta carencia (si se quiere cultural) es que las sendas que recorren la comunicación de gobierno y la percepción social en la provincia de Buenos Aires raras veces se cruzan.

Invito al lector a planificar una agenda provincial propia en este ecosistema mediático sin la asistencia del estado nacional o en competencia con la promovida desde presidencia.

La ola verde

La dirupción cromática del naranja sciolista en 2010 nació como respuesta comunicacional a la necesidad de llamar la atención sobre el gobierno provincial. Hoy el color elegido para la comunicación de la gobernadora es otro, el verde, pero el sistema visual es casi idéntico. En ambos casos se cierra con la construcción gramatical Buenos Aires Provincia.

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 No está la firma escrita de Vidal como cuando utilizábamos Gobernación Daniel Scioli, pero la gobernadora rubrica con su voz e imagen los spots radiales y televisivos. Los objetivos son los mismos: no ser el jamón del medio entre Nación y Municipio, y legitimar la acción de los gobernadores entre la de intendentes y presidentes.

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Creatividades al margen, hay varios puntos en común en las estrategias de comunicación de los dos últimos gobernadores. En los años inaugurales de ambos mandatos las principales piezas de publicidad oficial difundidas fueron básicamente las mismas.

Tanto en 2008 como en 2016 se promocionaron servicios universales (salud y educación) y de impacto local (obras públicas en municipios). No se destacaron programas creados por los nuevos gobiernos.

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Todas inversiones públicas de nivel provincial, ninguna capaz de alimentar una marca de gestión propia. Vacunación y escuelas hubo durante todas las gobernaciones. Las obras comunicadas, por otro lado, no tienen impacto alguno fuera de las localidades puntuales a cuyos vecinos supuestamente beneficiaron.

Primó el intento de comunicar servicios y rendir cuentas, no de controlar o influir en la agenda pública. Hubo una conciencia plena de lo provinciano de los dispositivos de comunicación así como de su limitado alcance para disputar sentido común.

 Deben ser las mafias, deben ser

Aunque no sea una campaña específica, parece una notable excepción la instalación de la mencionada lucha contra las mafias. No lo es tanto.

Veamos: otra vez según el Grupo de Opinión Pública, una porción relevante de la sociedad cree que este combate es real. Hasta llega a sentir que es posible que la gobernadora sea víctima de un atentado.

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Esos mismos entrevistados también dijeron creer que en esa lucha es apoyada por el gobierno nacional. Corresponde entonces descartar este aspecto de su gestión como una fuente de diferenciación con Macri.

Pero, además, podemos suponer que la estrategia de instalación de este tema en agenda es un mérito compartido entre ambos niveles de gobierno. Después de todo, es pública la coordinación entre los muy especializados profesionales de comunicación de la Presidencia y de la Gobernación.

 El bonete bonaerense

Pero este problema político y de comunicación tiene su contracara positiva. Cuando los conflictos superan las capacidades fiscales e institucionales de la provincia, la sociedad busca respuesta en Casa Rosada. Cuando no son tan graves, en cambio, la culpa es compartida entre gobernador e intendentes.

Este hecho se verifica de manera específica cuando se evalúa el delito desde la opinión pública. Según la consultora Ágora, el 56% de los ciudadanos del AMBA responsabilizan prioritariamente al gobierno nacional de la inseguridad.

Lo llamativo es que también consideran que los gobiernos provincial y municipal guardan entre sí la misma carga en la materia, cerca del 15%. Esto, a pesar de que las competencias a nivel judicial y policial del estado provincial y el local distan de ser semejantes.

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Sí. A los gobernadores muchas veces se los marginó de algunos cortes de cinta de obras nacionales en los municipios. Pero es precisamente ese ninguneo el que termina eximiéndolos de responsabilidad ante demandas sociales acuciantes.

Y es aquí donde radica el atributo distintivo de la imagen de Vidal respecto de la de Macri, y lo que la diferencia también de la experiencia de Scioli con Cristina. Lejos de ser corrida de escena, la gobernadora goza de un respaldo dentro de su coalición política con el que Scioli ni siquiera soñó.

La gobernadora no debió padecer aún las agachadas de rivales internos del gabinete nacional o entre los intendentes de Cambiemos.

Ella no es percibida por la sociedad como la causante de sus males presentes, pero tampoco es sindicada por los integrantes de su propio espacio político de ser una desviacionista que busca salvarse sola.

Por el contrario reconocen su liderazgo, la elogian, la preservan y, por sobre todas las cosas, la financian.

Tal vez el motivo sea que a diferencia de Cristina, Macri es amo y señor del partido que él mismo fundó y esto lo lleva a no identificar amenazas a su liderazgo. O tal vez sea también porque siente que su destino está atado al de quien allanó el camino a su presidencia al ganarle a Aníbal Fernández (ver “La madre endogámica de todas las batallas” en http://panamarevista.com/para-la-victoria-pirrica/).

Sea como fuere, ella entiende muy bien su rol dentro del partido de gobierno. Que la hayan mandado a criticar el proyecto opositor de Ganancias y a respaldar al Presidente en la tapa dominical de Clarín deja las cosas en su lugar. Sobreactuaciones aparte, valieron más sus palabras que las mil imágenes que difundió con Massa.

El precio de la autonomía que goza Vidal para negociar con la oposición es tributar pedazos de su popularidad cada vez que Macri lo requiera.

Publicado en Letra P.

Los aciertos del perdedor

Del 83 para acá, las del año pasado fueron las primeras elecciones presidenciales peleadas en Argentina. Alguien podría citar 2003, pero aquella paridad era ilusoria. Menem perdía en Segunda Vuelta con cualquiera, y fue una aventura de su entusiasmo vislumbrar un éxito en la Primera.

Sin embargo, el ajustado equilibrio electoral de 2015 no emergió en la conversación pública o la discusión mediática hasta la noche del 25 de octubre, cuando ya se había desatado el huracán Vidal y evidenciado el retroceso del Frente para la Victoria, que pasó de casi el 39% en Primarias, al 37 en las Generales. Hasta aquel momento, el oraculismo preponderante daba ganada la elección a Daniel Scioli.

Paradójicamente, hacía ya varios años que todos los estudios de opinión pública reflejaban una ventaja del deseo de cambio por sobre el de continuidad. Por algún motivo, estos datos no formaron parte de los análisis. Exceso de pensamiento mágico y autoconfianza peronista. Seguiré creyendo más en las encuestas que en el deseo.

La subestimación del escenario fue un lastre difícil de sobrellevar y condujo a tropiezos. Así como en el primer tramo de la campaña se cometieron grandes errores de tecnología electoral (ver acá), el resultado final no debería borrar los aciertos (que los hubo) de la estrategia perdedora. Después de todo, también se cometen errores en el bando victorioso. Sólo que el que gana suele estar demasiado ocupado gobernando como para dedicar tiempo a revisarlos.

De la primera vuelta en adelante la expectativa se invirtió: desde el Frente para la Victoria nos vimos obligados a romper la inercia discursiva, resolvimos una campaña de contraste –del miedo, para los sensibles-, Scioli rompió el techo del 39% para acercarse al 49, y el margen final terminó siendo de dos puntos y medio.

La sociedad y sus demandas no habían cambiado. Las opciones, sólo en parte. Sin embargo, entre el 25 de octubre y el 22 de noviembre 3 millones de votantes que habían elegido un opositor votaron al oficialismo.

Sin voluntad de establecer causalidades directas, los siguientes aspectos organizativos, discursivos y de posicionamiento cambiaron en el funcionamiento de la campaña durante esos 28 días:

Se concentró la conducción estratégica. Hasta entonces, la línea política había sido sometida a la consideración del amplio espectro de dirigentes que respaldaba la candidatura de Scioli, desde el kirchnerismo más fervoroso de legisladores y altos funcionarios nacionales, hasta el peronismo federal más conservador de gobernadores e intendentes. Habían predominado gurúes y estrategas sobre equipos y mariscales de campo. El resultado, mesas de arena que no lograban bajar sus diseños ni al territorio ni al campo comunicacional. En el último tramo, en cambio, el candidato tomó un control absoluto de su campaña, y la ejecución de los lineamientos estratégicos dejó de someterse al escrutinio interno. De no haber sido así, el mensaje de contraste (miedo) hubiera sido imposible de implementar, cuando las acusaciones de campaña sucia alteraban los nervios no sólo de adversarios sino también de compañeros.

Se simplificó y ordenó la propuesta política. Durante gran parte del año habíamos evitado definiciones explícitas sobre el modelo. Eludíamos la retórica kirchnerista ortodoxa para no ahuyentar a los votantes más críticos, pero tampoco abordábamos con claridad la agenda de demandas o asignaturas pendientes, por temor a confrontar con nuestro propio gobierno.Hasta la Segunda Vuelta varios actores pretendieron que el candidato del oficialismo fuera un opositor bueno. Para que no se note, se incurrió en una ambigüedad discursiva que pivoteaba entre ser a la vez cambio y continuidad, a partir de un concepto, el desarrollo. Distante como era a un sentimiento verbalizable por la mayoría de los votantes, se intentó asociar esa palabra a un tardío despliegue de propuestas concretas: créditos hipotecarios, reducción del IVA a jubilados, combatir la inflación, recuperar los trenes de carga.Del otro lado, la sencillez del mensaje abrumaba: cambiemos de gobierno. En el último tramo, logramos limpiar el ruido interno que quitaba coherencia y unicidad al mensaje. La propuesta pasó a ser simple y concisa: no volver al pasado. Superados ya los tiempos para encarar grandes producciones publicitarias se encararon piezas simples, incluso copiadas íntegramente de otras elecciones de la región. El discurso le ganó a la creatividad. A pesar de la falta de ingenio, la nueva campaña logró romper el automatismo perceptivo de una importante porción del electorado que desde agosto parecía totalmente impermeable a lo que el candidato oficialista tenía para decirle.

Se rompió la inercia discursiva. Las PASO habían dejado a Sergio Massa en un cómodo tercer lugar. Se había creído equivocadamente que el 20% obtenido por UNA estaba condenado a diluirse en la Primera Vuelta, una vez que el electorado hubiera asumido que las opciones viables se habían reducido a dos. La polarización no ocurrió, Massa retuvo y amplió por un punto su base electoral, y hasta la segunda vuelta los votantes no sintieron la necesidad de revisar dialécticamente sus favoritismos: siguieron optando entre todos los oferentes. La campaña de contraste ya mencionada, basada en atacar el concepto de cambio identificándolo a un retroceso fue el primer intento proactivo de beneficiarse de la polarización social preexistente y que mostraba que las preferencias estaban divididas casi en mitades. Participar del debate era deseable no sólo por el axioma que dice que el de abajo debe pedirlo, sino también porque era funcional a la estrategia de explicitar las diferencias entre dos proyectos. No haber participado del primero no sólo dio argumentos a la oposición: también mantuvo inerte el tablero, cuando las previsiones indicaban que había que patearlo para romper la apatía. No se perdió la oportunidad en la disputa de forzar promesas explícitas sobre temas como las tarifas o la devaluación. El bajo costo político que pagó el Gobierno por su incumplimiento confirma que en los debates es más importante la forma que el fondo. Motivo mayor para participar de ellos.

Obviamente estos cambios en la organización y ejecución de la campaña no fueron suficientes. Sin embargo, es probable que en el ballotage Daniel Scioli haya obtenido el mejor resultado posible para un candidato oficialista.

A fin de cuentas, veníamos de 14 años de gobiernos peronistas, de enormes conflictos internos dentro de la coalición que lo respaldaba y de una disputa abierta de larga data ya entre el Gobierno y los medios de comunicación de mayor audiencia. Todo esto en un contexto de baja en el precio internacional de las materias primas y un núcleo de pobreza estructural para el que ya no asomaba ningún abordaje convocante.

Publicado en artepolítica.

 

Para la Victoria Pírrica

No está tan claro, como dicen por ahí, que al peronismo le convenga dirimir en internas las candidaturas para la provincia de Buenos Aires en 2017.

Si los protagonistas son los que hasta ahora manifiestaron voluntad de participar, lo que seguro va a suceder es el desgaste del vencedor. Además del daño que puedan provocar los ataques cruzados, es muy alto el riesgo de quedar atrapado en los posicionamientos previos a las PASO.

Es importante entender que la estrategia primordial de todo el arco opositor el año que viene va a ser discutir la situación social. En algunos casos con dedos acusadores contra el neoliberalismo, en otros condimentada con alaridos sobre la inseguridad.

De un lado se evocará el pasado reciente y se recriminará el colaboracionismo de los desertores. Del otro se dirá que el pasado también es parte del problema, por culpa de la corrupción y la soberbia.

Con una grieta que seguirá intacta, el clivaje dominante dentro del voto opositor va a ser kirchnerismo-antikirchnerismo.

Hablar con el corazón, responder con el bolsillo

A Cristina es muy difícil que alguien le saque el apoyo que consiguió retener hasta ahora, especialmente en la población más humilde, la más perjudicada por la devaluación y el aumento de tarifas. Paradójicamente y aunque a algunos les duela, es Mauricio Macri y ningún peronista el mejor posicionado para disputarle a Cristina esos votos.

Lo primero que el Gobierno tiene que hacer para conseguirlo es destinar la descomunal deuda que va tomando a financiar el consumo popular. Asumo que Durán Barba ya lo sabe. Habrá que ver si le alcanza el déficit para quedar bien abajo y afuera en simultáneo. Difícil.

¿Y el resto? A rascar en franjas poblacionales menos materialistas y numerosas que las que pelean el día a día.

La inmensa mayoría de quienes estarían dispuestos a votar por Scioli o Randazzo, la tienen a Cristina como primera opción.

Los análisis factoriales de opinión pública dicen algo más: la percepción de sus posicionamientos políticos es inversa a la de hace un año. A Scioli se lo asocia más a las políticas del anterior gobierno, y a Randazzo se lo asume un poco más independiente.

Este dato se verifica en la forma en que hablan sobre ellos los medios de comunicación y también en los alineamientos políticos que los respaldan.

Descartado que Scioli la enfrente, cuesta imaginar también que Randazzo pueda hacerlo con intención de ganarle. Sobre todo en nombre de la renovación peronista, de la que ya se apropió, con nombre y tiempismo, Sergio Massa.

El escenario más razonable, entonces, es uno en el que ambos se disputen a los votantes que hoy dicen simpatizar con ella. Repasemos entonces qué implicó competir por los votos de la ex presidenta en 2015.

Además de con su relato como gestor, Randazzo había crecido en las encuestas a partir de las críticas cada vez más sonoras al grado de adhesón de su rival al proyecto nacional. No le alcanzaba para ganar las PASO, pero sí para consolidar imagen a nivel nacional y convencer a los ya convencidos.

Como respuesta a nivel comunicacional, emergió el slogan Scioli para la Victoria, (ver acá: https://juancourel.wordpress.com/2016/10/25/de-las-derrotas-se-aprende-mas/). El mensaje reafirmaba la pertenencia de Scioli al kirchnerismo y la aseveración de que con él se podía ganar pero con Randazzo no.

Como fenómeno publicitario para la interna fue un éxito. Como estrategia electoral fue un salvavidas de plomo.

Tuvo pregnancia y sintetizó perfectamente el resultado de la disputa, en la que finalmente Randazzo terminó declinando su precandidatura. Pero comunicó en código político, consolidó el piso del kirchnerismo y ahuyentó potenciales electores más críticos.

Ahora bien, ¿cuántos nos preguntamos si unas PASO presidenciales hubieran servido para potenciar al candidato oficialista? No por contrafáctica la duda es menos entretenida. Mi respuesta -tan inconducente como la pregunta- es que no.

Van cinco argumentos, aplicables también al año que viene:

  1. La madre endogámica de todas las batallas

Empecemos por lo obvio; sí existieron internas en el Frente para la Victoria para la categoría gobernador. Pero lejos de parir un candidato competitivo, las Primarias bonaerenses engendraron uno con serios problemas de motricidad electoral.

Es muy probable que Julián Domínguez hubiera sido menos refractario en las elecciones generales que Aníbal Fernández. Ahora, no puede exigírsele al votante que entre al cuarto oscuro con estudios de grupos focales y análisis de coyuntura electoral. Y mucho menos que elijan como candidato a un hombre al que no hubieran reconocido si se lo cruzaban por la calle.

El resultado: a los medios de mayor audiencia les costó poco la eugenesia electoral. Me refiero al descarte malthusiano de los más débiles y no al triunfo de María Eugenia Vidal, que fue sólo un buen aprovechamiento de éste.

Deliberadamente eludí las especulaciones sobre agachadas y fuego amigo. En todo caso sólo reforzarían mi postura.

  1. Los sparrings no buscan el knock out

Cambiemos fue a internas y ganó. Sí, eso es tan evidente como que sus competidores Ernesto Sanz y Elisa Carrió cerraron con Macri con la única intención de entrar en su armado político y fortalecerlo para la pelea de fondo.

Así lo reflejó el periodismo y bajo esa premisa se cuidaron de actuar los precandidatos. La síntesis de cuál hubiera sido la cobertura mediática de una interna entre Scioli y Randazzo es la frase “el proyecto se queda manco”.

Intencional o no, su doble sentido fue gratamente celebrado por los desgarrados corazones de Carta Abierta. Su amplia difusión periodística terminó alimentando las dudas de muchos votantes kirchneristas que no apoyaron a Scioli hasta el ballotage, cuando ya era demasiado tarde.

  1. Una más una no es dos

Donde sí hubo algún que otro cruce subido de tono fue en el debate entre los precandidatos de UNA, Sergio Massa y José Manuel De la Sota.

Será por eso o será porque en política no se suma como en matemática, lo cierto es que algo falló. En la provincia de Córdoba De la Sota arrasó en las primarias pero en la general Massa fue aplastado por Macri. Los votos no se transfieren linealmente de un precandidato al otro.

Todos sabemos lo devastadora que fue esa provincia para Scioli (70-30). Por eso no es Buenos Aires sino Córdoba el desafío electoral más relevante de Cambiemos.

  1. No, no se podía:

Tampoco es comparable la interna que protagonizaron Menem y Cafiero en el 88, en primer lugar porque el gobierno radical se desmoronaba.

Angeloz se esforzaba por diferenciarse de la política económica de su propio partido, anticipando el neoliberalismo y apelando al Se puede original. La realidad es que hubiera perdido hasta con su compañero de fórmula, Juan Manuel Casella, si éste se hubiera presentado por el peronismo.

Pero además –y esto no es menor-, la interna peronista se produjo 10 meses antes de las elecciones. Fue un lapso larguísimo que Menem aprovechó para que las ambulancias recorrieran el país de punta a punta.

En ese tiempo se reorganizó el equipo de campaña y algunos ex cafieristas heridos hasta terminaron siendo poderosos funcionarios menemistas.

  1. De la Rúa-Meijide, Larreta-Michetti, Hillary-Bernie

Tampoco es trasladable la exitosa interna de la Alianza entre De la Rúa y Fernández Meijide para las elecciones en las que el peronismo sumó apenas su piso histórico.

Distinto pero también ilustrativo, es el ejemplo de las internas porteñas por la sucesión de Macri. Después de ganarle a Michetti, Rodríguez Larreta casi pierde ante Lousteau en la previa a las PASO nacionales.

Y cómo no hablar de Donald Trump y su estrategia de construcción de imagen anti sistema. Bernie Sanders fue tan eficaz en asociar a Hillary Clinton con el establishment que hasta el Partido Republicano hizo campaña por ella.

Síndrome de abstinencia

El acostumbramiento al poder, cuando éste se pierde, genera depresión y ansiedad. El peronismo volverá a detentarlo algún día, pero de la mano de alguien que sepa administrar los tiempos de la opinión pública, y no sólo los tiempos políticos.

Macri goza de un respaldo muy sólido en la opinión pública. En la provincia de Buenos Aires, Vidal domina con enorme diferencia las valoraciones positivas. Queda para otro día analizar por qué.

¿Esto significa que la oposición deba hibernar? En absoluto, pero sí que el margen real de disputa es finísimo.

Si lo que se buscan son bancas, habría que calcular si se obtienen más con primarias que unifiquen, o con listas divididas como en 2003. Después de todo, haber compartido boleta cada vez condiciona menos la pertenencia al mismo bloque.

Si se desea construir una alternativa peronista a Macri o Vidal para 2019, es poco probable que de unas internas sin Cristina o sin Massa nazcan liderazgos nuevos. Como mucho se afianzarán los preexistentes.

Ahora, si lo que se desea es únicamente jubilar kirchneristas, recomiendo pensar en volver recién en 2023, y mientras tanto ir buscando candidatos por fuera del peronismo bonaerense.

Publicado en Revista Panamá.